lunes, 8 de diciembre de 2014

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Tal vez tuve que esperar una semana (y unos días más) para poder escribir. Para sanarme un poquito, para sacar toda esta pena que tengo adentro. Tal vez tenga que esperar más tiempo para poder llegar a la noche y no dormirme entre lágrimas, para poder hacerme amiga de la soledad noctámbula nuevamente, tal vez tenga que esperar para estar entera de vuelta - si es que tal cosa es posible. 

Llegué a la conclusión de que estoy rota. Desarmada. Supe mantenerme en pie mientras durante meses no hicieron más que tirarme con de todo, con palabras, gestos, actitudes que me hacían tambalear. Pero llegó fin de año, llegaron las fiestas, las revoluciones a nivel mente y corazón. Llegué a mediados de noviembre con el corazón en la mano, listo para devolverlo a mi organismo y que lata con más fuerza que nunca. Noviembre me trajo fortaleza en el espíritu, ganas de verano, de cosas lindas, de sol, alegría, quién dice algún amor. Pero las cosas empezaron a desequilibrarse cuando las palabras se quedaron flotando en el aire y él lloró y yo también. Ese fue el comienzo del fin. 

Aunque el caos se aproximaba, yo lo esquivé y le grité el olé desde la otra punta. Y me mantuve entera. No me dí cuenta que una ola de líos y enredos se me venía encima por la espalda. Y ahí me caí a pedazos. 

Ese fue el comienzo de la soledad eterna, del corazón en la mano pero en trocitos. Las palabras nunca se olvidan, quedan ahí para siempre, para recordarte cuánto duelen. Y esas palabras, ese griterío, ese bullicio infernal está tan grabado en mi cabeza que lo escucho cada noche antes de intentar dormir. Las palabras duelen, sangran. Y esas palabras en particular, me hicieron mierda. Así es. Estoy hecha mierda.

Estar hecha mierda me lastima. Me encierra. No tengo ganas de encontrarme con gente, ni siquiera de volver al colegio (mucho menos, de volver al colegio). Cada noche me asesta esa soledad profunda y se hace de mí como si nada. Será porque yo la dejo, porque estoy rota y porque no tengo fuerzas para defenderme. 

Entonces cada noche me acuesto creyendo que el sol va a estar nublado igual que yo. Y cada día me levanto con la esperanza de que la noche nunca caiga y el sol me cure un poco las heridas. 

Pero nunca pasa. Solamente los días. Pero no este dolor atragantado, estas lágrimas infinitas, este corazón que está resguardado bajo la almohada. El comienzo del fin, de la destrucción, del caos. 
Y el fin de mi renacimiento, de mi alma nueva, de mis ganas inevitables. 

Ustedes, hijos de puta, que me rompieron la fibra más profunda del corazón. Yo, que me tambaleo estando rota y desarmada, aún desde este vacío puedo jugar. Que comience. 

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