“El amor que das siempre regresa; tal vez no cuando tú quieres, tal vez no de quien tú quieres, pero siempre regresa.”
Y entonces, una lágrima rodó suavemente por su mejilla. Suspiró, y volvió a mirarlo. Él no podía - o no quería - ver el dolor que ella guardaba en sus ojos. Tal vez porque él se ocupaba de su propio dolor, de su propia tristeza. Pero ella, ella nadaba en su angustia. Desde hacía días tenía atragantadas palabras, situaciones, perdones. Y él no dejaba de hablarle, de decirle que iba a seguir intentándolo. Y ella que moría por decirle que no, que ella no era buena para él. Que no era justo que él sufriese por un alma tan destrozada como ella. Quería gritarle que corra, que se aleje, que no mire para atrás. Y él, inmutable en su decisión, con el desamor recorriéndole por las venas. Y ella, con su dolor, con su angustia, con su desesperanza. Y ella diciéndose a sí misma que ahí estaba el amor que ella había pedido.
Y sí, efectivamente ahí estaba él, pidiéndole que lo ame. Y ahí estaba ella, con sus lágrimas en cascada, diciéndole que no lo podía amar. Que un amor tan enorme y tan bueno no era merecedor de una hija de puta como ella. Que ella no se merecía ese amor, ni esas lágrimas, ni esa voz tan dulce rogando por amor. No.
Y ella se vio reflejada en sus ojos, se vio tiempo atrás cuando ella le pedía por favor a otro corazón - mucho menos merecedor - que la amara. Y vio reflejado el mismo dolor que ella sintió, esa misma indiferencia, esa misma angustia. Y no lo pudo soportar. Su corazón desató un huracán en su interior. Su mente rompió a llorar. Su alma se fue cabizbaja.
Y entonces, una lágrima rodó suavemente por su mejilla. Suspiró y volvió a mirarlo. "Perdón."